Al mal tiempo, buen cine...

Queridos lectores y seguidores:

Me permito escribir una líneas para agradeceros a todos (desde todas las partes del mundo) que visitéis mi blog y todo lo que voy publicando. Ante todo comentar que no estoy licenciada en cinematografía pero, doy gracias por haber asistido a cursos y que mis padres me introdujeran al cine con sólo 8 años.

Por eso os animo que escribáis vuestras opiniones sin vergüenza alguna (¡por eso existe la libertad de expresión!) o sugerir cambios o visionados de películas, ya que se convierte en un feedback donde podemos aprender unos de otros.

Para finalizar, gracias una vez más por vuestro tiempo y dedicárselo a mi blog. ¡Seguid disfrutando del cine!

sábado, 23 de agosto de 2025

El destino también juega (1966)

 


  • Título original: A big hand for the little lady
  • Año: 1966
  • Género: Western
  • Dirección: Fielder Cook
  • Intérpretes: Henry Fonda, Joanne Woodward, Jason Robards, Charles Bickford, Burgess Meredith, Paul Ford, Kevin McCarthy.
  • Guión: Sidney Carroll
  • Música: David Raskin
  • Fotografía: Lee Garmes
  • Productora: Warner Bros Pictures


SINOPSIS

Meredith (Henry Fonda), Mary (Joanne Woodward) y su hijo hacen un alto en su viaje y se quedan en un hotel de Laredo. Jugadores de todas partes, incluyendo al multimillonario Henry Drummond (Jason Robards, Jr.), se reúnen allí para participar en la partida de póker más importante del Oeste. A pesar de las recomendaciones de su esposa, Meredith cae en la tentación del juego y pierde todos los ahorros familiares.


CRITICA

El destino también juega, dirigida por Fielder Cook y protagonizada por Henry Fonda, es un western muy poco convencional, casi diríamos un “antiewestern”, porque rehúye de los grandes escenarios, los caballos o los duelos a pistola para encerrarse en un salón polvoriento y centrar toda su tensión en una mesa de póker. El argumento parte de una premisa sencilla: una familia que viaja por Texas hace un alto en el camino y el padre, Meredith (Fonda), con un pasado de jugador compulsivo, no puede resistirse a unirse a la partida más legendaria de la región. La anécdota, que podría quedar en un mero incidente de guion, se convierte en un microcosmos del Oeste, un espejo donde se reflejan la avaricia, la debilidad humana y los juegos de poder.

Lo que da verdadero peso a la película no es la acción en sí, sino la tensión psicológica. El guion es inteligente, irónico, y sabe dosificar el suspense a través de silencios, miradas y frases punzantes. Cada gesto alrededor de la mesa, cada carta lanzada con brusquedad, cada pausa calculada añade una capa de dramatismo que sustituye con eficacia a cualquier tiroteo. Se percibe, sin embargo, que la puesta en escena procede de un director que venía de la televisión: la planificación es sobria, sin grandes alardes visuales, y en cierto modo limita el vuelo cinematográfico. Pero esa misma contención encierra a los personajes en un espacio cerrado y cargado, lo que potencia la sensación de asfixia y convierte la mesa de juego en un auténtico campo de batalla.

Las interpretaciones sostienen la película con una solidez envidiable. Henry Fonda, maestro del gesto mínimo, encarna a un Meredith patético y vulnerable, un hombre devorado por la ludopatía cuya dignidad se derrumba con cada apuesta. Joanne Woodward, en el papel de Mary, es quien termina asumiendo el protagonismo real: de esposa moralista y severa pasa a improvisada jugadora capaz de sostener la última mano, y lo hace sin heroicidades, sino con astucia y un ingenio forzado por la desesperación. Jason Robards, con su Henry Drummond, aporta la figura del villano altivo, cruel y mordaz, cuya sola presencia refuerza la dimensión psicológica del duelo. Y alrededor de ellos, los secundarios —Charles Bickford, Burgess Meredith, Kevin McCarthy, Paul Ford— pintan un retrato coral de la codicia, la fanfarronería y la arrogancia de quienes dominan ese mundo de apuestas y poder.

Más allá de su trama inmediata, la película aborda cuestiones de fondo: la adicción al juego como metáfora de una pulsión destructiva, la sorprendente irrupción de una mujer en un espacio masculino como símbolo de ruptura de roles, y la hipocresía de una sociedad en la que los grandes terratenientes y banqueros se juegan fortunas como si fueran simples fichas, ajenos a las consecuencias reales. En este sentido, lo que aparenta ser una comedia ligera con tintes dramáticos termina convirtiéndose en una crítica social disfrazada de western.

Si bien algunos críticos le reprocharon falta de nervio en la dirección y cierto aire artificioso, lo cierto es que El destino también juega ha envejecido con encanto. Se la recuerda como una “pequeña joya” de su tiempo: modesta en forma, pero astuta en fondo. Su fuerza no radica en la espectacularidad, sino en la inteligencia de su guion y en el magnetismo de sus intérpretes. No es una obra maestra del género, pero sí una película diferente, ingeniosa y sorprendentemente tensa, que demuestra que en el Oeste también se podía construir emoción a partir de cartas, silencios y sonrisas envenenadas, sin necesidad de disparar una sola bala.


Calificación personal: 6

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